El 30 de agosto de 2026, las urnas dictaron un veredicto claro: el ciclo político de Pedro Sánchez llegó a su fin. Tras casi una década en el poder, el expresidente deja un país transformado, aunque no necesariamente para mejor. Las calles respiran aliviadas, mientras los socios occidentales observan con cautela los posibles escenarios futuros.
El PSOE enfrenta ahora un momento decisivo: refundarse o desaparecer. La comparación con una hormiga zombi controlada por un hongo parásito resulta elocuente. Sin Sánchez, el partido podría colapsar, tal como lo hizo la hormiga al perder su controlador.
Un balance institucional preocupante
El reflejo que devuelve el espejo de la última década no es el de un pueblo heroico, sino el de una sociedad que aceptó prácticas cuestionables. La separación de poderes y la responsabilidad política se convirtieron en meras sugerencias bajo el gobierno de Sánchez.
Ejemplos de este deterioro son numerosos. Durante la DANA de Valencia y el accidente de Adamuz el gobierno priorizó el relato político sobre el rescate real. Mientras el barro y el agua sepultaban vidas, el macabro ajedrez de elusión de responsabilidades quedó expuesto.
El acoso sistemático a las instituciones fue otra constante. Desde el señalamiento a jueces y magistrados hasta el velado acoso a la Corona, la erosión del Estado de derecho fue deliberada y burda. Y, sin embargo, la sociedad lo aceptó.
Corrupción y clientelismo: una red insoportable
La promesa de regeneración con la que Sánchez llegó al poder se transformó rápidamente en un goteo incesante de escándalos. El enriquecimiento ilícito durante la pandemia, las tramas ministeriales y los casos que salpicaron a su entorno más íntimo tejieron una red de clientelismo e impunidad.
Casos como los de ÁbalosKoldoCerdán y Aldama revelaron un patrón de corrupción que se extendió por todo el gobierno. La colonización de RTVE fue otro ejemplo sangrante, donde la cadena pública se convirtió en un instrumento de propaganda gubernamental.
La subasta del Estado a los partidos independentistas confirmó que España estaba en venta por un puñado de votos. La humillante concesión al Sáhara y la invasión de Ceuta fueron otros hitos de una política exterior caótica.
Un autócrata respaldado por una minoría paupérrima
Pedro Sánchez gobernó con los ademanes de un autócrata pero respaldado por una de las minorías más paupérrimas de la historia democrática española. El filósofo Jean-François Revel escribió que la democracia es el único sistema político que puede suicidarse en la más estricta legalidad.
Los datos desnudan el mito de su supuesta pericia parlamentaria. Durante su mandato, el gobierno hizo un uso fraudulento del Real Decreto Ley aprobando casi 200 decretos en circunstancias no urgentes. Cuando no podía gobernar por decreto, simplemente perdía.
En el primer año y medio de la última legislatura, el ejecutivo socialista sufrió 142 derrotas parlamentarias. El 19 de diciembre de 2024, perdió 23 de las 107 votaciones celebradas ese día. Mientras tanto, la cruda realidad socioeconómica golpeaba a los españoles, con tasas de pobreza infantil entre las más altas de la UE.
El desastre de Ceuta fue la gota que colmó el vaso. La gestión errática del gobierno en la crisis de la ciudad autónoma se tradujo en una pesada losa electoral. Según encuestas, el PSOE perdería 2,2 millones de votantes, mientras el PP y Vox capitalizaban el descontento.
La gestión global del gobierno fue considerada mala o muy mala por el 62,9% de los encuestados. La valoración del presidente cayó a una nota de tres sobre diez, situándolo apenas una décima por encima de Santiago Abascal.
El futuro político de España se presenta incierto. El PSOE enfrenta una crisis de fidelidad entre sus simpatizantes, mientras el PP y Vox se preparan para gobernar con una mayoría absoluta. La era Sánchez ha terminado, pero sus consecuencias perdurarán.



