La ciencia española se encuentra en un momento crítico. Mientras el sistema universitario pierde terreno en rankings internacionales, el gobierno prioriza áreas de investigación con resultados inmediatos, dejando de lado la ciencia básica que podría ser fundamental en el futuro.
El ranking Shanghai refleja esta tendencia. En la última edición, ocho campus españoles han desaparecido del listado, incluyendo la Universidad de Lleida y la Carlos III de Madrid. Aunque dos nuevas universidades han entrado, el balance es negativo: seis menos en total. En cinco años, el sistema ha pasado de 40 a 30 campus, y se espera que esta tendencia continúe.
La competencia internacional y la falta de estrategia en España
La competencia internacional se ha intensificado. China, con su política de financiar la educación superior, ha logrado posicionar a más universidades en el ranking. Las instituciones anglosajonas siguen dominando, mientras que en Europa se han creado colaboraciones entre universidades de un mismo país para fortalecer sus posiciones.
En España, no existe una política clara para enfrentar este desafío. Se promueve la financiación en igualdad de condiciones, pero esto no es suficiente para competir a nivel global. Las universidades españolas que se mantienen en los primeros puestos, como la UB y la UAB resisten, pero el panorama es preocupante.
La miopía política y sus consecuencias
El gobierno ha anunciado la suspensión de las convocatorias 2026 de Becas Chile para magíster y posdoctorado en el extranjero, y ha publicado bases para el Fondecyt 2027 que restringen la investigación libre en favor de diez áreas ‘prioritarias’. Esto excluye a las ciencias sociales y las humanidades y cualquier línea que no se traduzca en una patente o startup en el corto plazo.
El presidente Kast ha sido claro: ‘A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno’. Sin embargo, la historia muestra que la ciencia básica puede tener impactos inesperados y revolucionarios.
El caso del Viagra y la ciencia del sexo
En 1977, el farmacólogo Robert Furchgott comenzó a investigar cómo el endotelio vascular regula el tono muscular liso. Once años después, junto con Louis Ignarro y Ferid Murad, caracterizaron el papel del óxido nítrico como molécula señalizadora cardiovascular. En 1998, recibieron el Nobel de Fisiología y ese mismo año, la FDA aprobó el sildenafil (Viagra), cuyo mecanismo depende de ese hallazgo.
Hoy, en Chile se consumen entre siete y ocho millones de dosis anuales de sildenafil. Este es un ejemplo claro de cómo la ciencia básica puede tener un impacto enorme en la sociedad. Sin embargo, el gobierno chileno considera esta investigación prescindible.
La brecha orgásmica y la investigación en sexualidad femenina
La neurociencia y las ciencias sociales son fundamentales para entender fenómenos como la brecha orgásmica. Estudios muestran que los hombres heterosexuales alcanzan el orgasmo en el 95% de sus encuentros, mientras que las mujeres heterosexuales solo en el 65%. Esta brecha no es anatómica, sino cultural y está influenciada por la falta de investigación centrada en la sexualidad femenina.
Hasta 1998, la anatomía completa del clítoris era desconocida en la literatura científica. La uróloga australiana Helen O’Connell describió por primera vez su estructura completa, pero este conocimiento aún no ha sido integrado plenamente en la consulta clínica. Las ciencias sociales son esenciales para entender por qué este conocimiento no llega a las mujeres.
La inversión en I+D y el futuro de la ciencia
Chile invierte menos del 0,4% de su PIB en I+D muy por debajo del promedio de la OCDE (2,7%). Corea del Sur y Israel destinan casi el 5% y más del 6%, respectivamente. Además, solo el 0,17% de la población chilena tiene un doctorado, frente al 1,16% promedio de la OCDE.
En lugar de cerrar esta brecha, el debate se centra en decidir a cuáles líneas de investigación retirarles el financiamiento. Esta miopía política puede tener consecuencias graves en el futuro. La ciencia que hoy se margina es la misma que, en 20 años, podría producir descubrimientos revolucionarios.
La ciencia básica es la base de la innovación. Sin ella, no habría Viagra ni avances en la sexualidad femenina ni muchos otros descubrimientos que mejoran la calidad de vida. Es hora de que los gobiernos reconozcan la importancia de invertir en conocimiento a largo plazo.



