En el debate sobre inteligencia artificial y creatividad, conviene replantear la relación entre humanos y máquinas. Jeremy Utley, profesor adjunto en el Hasso Plattner Institute of Design de Stanford (la conocida d.school), sintetiza ese cambio con una frase contundente: «Si estás ‘usando’ la IA, sé que la estás malutilizando». Esa afirmación invita a pasar de la idea de una herramienta pasiva a la de un compañero colaborativo, y con ello a transformar procesos creativos en entornos profesionales.
La propuesta de Utley no es meramente teórica: surge de años enseñando innovación y de proyectos prácticos con grandes organizaciones. Además de su rol en Stanford, Utley es socio general en Freespin Capital, coanfitrión del podcast Beyond the Prompt —ubicado entre el top 1% sobre IA— y coautor del libro Ideaflow. Su experiencia con empresas como Nvidia, Hyatt o el San Antonio Spurs le permite plantear recomendaciones aplicables a equipos que buscan escalar la creatividad con generative AI.
De usar a colaborar: un cambio de mentalidad
Utley distingue dos actitudes frente a la IA: quienes la tratan como un simple instrumento y quienes la consideran un miembro del equipo. Los primeros suelen limitar las capacidades del sistema a tareas repetitivas; los segundos reconfiguran roles, piden iteraciones, negocian salidas y refinar prompts como si conversaran con un colega. Este segundo enfoque, según Utley, produce resultados superiores porque aprovecha la capacidad generativa de la tecnología y la inteligencia contextual humana.
Qué implica trabajar con la IA
Trabajar con la IA requiere prácticas concretas: diseñar interacciones conversacionales, establecer criterios de juicio humano, y medir el flujo de ideas —lo que Utley denomina ideaflow. En la práctica, eso supone no delegar la creatividad sino ampliarla: los equipos deben iterar, corregir y enseñar al sistema mediante ejemplos; al mismo tiempo, mantener responsabilidad ética y criterio final humano sobre las decisiones.
Lecciones desde la industria y la enseñanza
La experiencia de Utley con empresas diversas revela que la adopción efectiva de GenAI pasa por formación, experimentación y liderazgo que modele la colaboración humano-máquina. Sus cursos, como «Product Development with AI», y su historial de más de 16 años formando a millones de estudiantes, subrayan que la maestría creativa se alcanza combinando práctica deliberada con tecnologías emergentes.
Indicadores de éxito
Según la práctica recomendada, indicadores útiles incluyen la velocidad de iteración, la diversidad de soluciones generadas y el ratio de ideas que se convierten en prototipos viables. Medir el ideaflow ayuda a las organizaciones a identificar cuellos de botella creativos y a reconfigurar tareas para que la IA aporte variaciones y el equipo humano aporte juicio, contexto y sentido comercial.
Creatividad humana en tiempos digitales: ejemplos de moda
Mientras la IA redefine procesos, la moda sigue siendo un laboratorio de imaginación tangible. En la pasarela de New York Fashion Week fall/winter 2026, varios diseñadores emergentes demostraron cómo las historias personales y el uso de materiales conmemoran la tradición a la vez que experimentan con nuevas formas. Estas colecciones muestran que la creatividad humana conserva un papel central, incluso cuando se incorporan herramientas digitales en el diseño y la producción.
Diseñadores como Meruert Tolegen presentaron propuestas escultóricas y narrativas que partían de su trayectoria personal; Andrew Curwen apostó por la reutilización de materiales y la transformación de prendas con corsetería y tratamientos únicos; Zoe Gustavia Anna Whalen exploró la maternidad y la funcionalidad del vestuario; y Keith Herron reinterpretó iconografías pasadas hacia una estética maximalista y contemporánea. Todos ellos confirman que la capacidad creativa humana sigue siendo insustituible y que las tecnologías, incluida la IA, pueden servir para ampliar, no suplantar, esa voz.
Conclusión: alianza entre criterio humano y potencia computacional
La lección central que propone Utley es clara: la inteligencia artificial rinde mejor cuando se integra como un socio creativo. Las organizaciones que acepten este enfoque deberán invertir en formación, en procesos iterativos y en métricas que valoren el flujo de ideas. Al mismo tiempo, los ejemplos del mundo de la moda recuerdan que la sensibilidad humana —historia, contexto y propósito— sigue siendo el motor que convierte ideas en significado y en negocio sostenible.
Adoptar esta perspectiva permite aprovechar lo mejor de ambos mundos: la velocidad y escala de la IA generativa y la profundidad crítica del juicio humano. Ese equilibrio es, en opinión de Utley y en la práctica de los diseñadores emergentes, la vía para una creatividad ampliada y más productiva.

