El debate sobre fuentes alternativas volvió a cobrar fuerza tras los choques petroleros de los años setenta y hoy retoma urgencia en un contexto de incertidumbre energética. En ese periodo surgió la famosa idea de Stephen Salter y su dispositivo apodado «nodding duck», pensado para extraer la potencia contenida en las olas. Aquella propuesta pionera ilustró el principio de que el mar contiene una energía continua y aprovechable; sin embargo, su desarrollo se frenó cuando la geopolítica y la economía del petróleo cambiaron.
Este artículo, publicado el 10/04/2026, repasa cómo esas ideas históricas han evolucionado y qué implicaría desplegarlas hoy en Nueva Zelanda.
Nueva Zelanda ya genera gran parte de su electricidad a partir de fuentes renovables como hidro, geotermia y eólica, pero mucha de su matriz energética aún depende de combustibles fósiles. Frente a esa realidad, el litoral ofrece una oportunidad estratégica: la costa oeste recibe olas constantes desde el Océano Austral y lugares como Te Moana-o-Raukawa (Cook Strait) concentran corrientes de marea excepcionalmente intensas.
Para convertir ese potencial en suministro útil haría falta una mezcla de innovación técnica, planificación ambiental y acuerdos con comunidades locales, incluyendo la incorporación de valores maoríes en la toma de decisiones.
De las ideas pioneras a las tecnologías actuales
Desde los modelos conceptuales de Salter hasta los dispositivos modernos, la tecnología para captar la energía de las olas y la energía mareomotriz ha avanzado notablemente. Hoy el sector marino está dominado por la eólica marina, que representa más del 99% de la capacidad oceánica instalada globalmente; por su parte, la energía de corriente (turbinas submarinas) ha crecido y ya supone casi dos tercios del mercado no eólico.
Países como el Reino Unido y Francia han anunciado planes para desplegar infraestructuras de corrientes de marea que, combinadas, aportarán al menos 400 megavatios en la próxima década, y naciones como Canadá, Estados Unidos, China y Japón siguen experimentando con la tecnología.
Tecnologías emergentes
La nueva generación de soluciones incluye boyas convertidoras, actuadores y turbinas sumergidas diseñadas para entornos marinos potentes. Muchos desarrollos beben de la idea original del nodding duck, pero aplican materiales, control electrónico y diseño modular para mejorar la fiabilidad.
Aun así, la energía de las olas necesita más demostraciones a escala real para reducir costes unitarios y atraer inversión. Los ensayos en condiciones extremas, apoyados por fondos como el Marsden Fund, ayudan a evaluar el comportamiento de estas máquinas lejos de la costa.
Previsibilidad y almacenamiento
Olas y mareas son variables pero, a diferencia de otras renovables, ofrecen una previsibilidad relativa que puede aprovecharse operativamente. Para garantizar suministro cuando la demanda sube será clave integrar sistemas de almacenamiento como el bombeo hidráulico y baterías a gran escala, o combinar la producción marina con otras fuentes renovables ya consolidadas. Sin soluciones de almacenamiento y gestión de la red, incluso proyectos técnicamente exitosos correrían el riesgo de no ser económicamente viables.
Obstáculos ambientales, sociales y económicos
Aun con tecnologías maduras, la implantación a gran escala se topa con barreras importantes: costes iniciales elevados, falta de economías de escala y una inversión aún cautelosa que ralentiza despliegues. Además, propuestas pasadas han prometido más de lo que la tecnología y la licencia social podían ofrecer; un ejemplo es el proyecto de marea propuesto en la bahía de Kaipara, que llegó a anunciar capacidad para abastecer 250.000 hogares y finalmente no se materializó. A esto se suma la insuficiencia de datos sobre especies marinas críticas y la necesidad de integrar las perspectivas de las comunidades locales y del pueblo maorí en la evaluación de impactos.
Camino a seguir: ciencia, industria y gobernanza
Para transformar la abundancia oceánica en energía útil, Nueva Zelanda debe combinar capacidades: potenciar la investigación oceanográfica, fortalecer la ingeniería nacional y diseñar marcos regulatorios que faciliten pruebas piloto y escalado. Será necesario invertir en ciencia ambiental para mitigar riesgos ecológicos y en programas de participación comunitaria que legitimen proyectos. La diversificación renovable —desde el mar, el sol, la tierra y el viento— seguirá siendo la estrategia más robusta para reducir emisiones y mejorar la resiliencia ante interrupciones del suministro de combustibles fósiles.
En síntesis, el océano ofrece a Nueva Zelanda una reserva real de energía, pero su aprovechamiento exige más que dispositivos eficientes: requiere infraestructura de apoyo, financiación a largo plazo, conocimiento ecológico y respeto por valores culturales. Si se abordan estos elementos conjuntamente, la energía marina podría convertirse en un pilar del sistema energético nacional y en una protección frente a futuras crisis externas.

