Ver la serie televisiva Love Story me llevó de vuelta a una semana extraña de mi pasado: en abril de 1994 ocurrió una pérdida que se sintió súbita e incomprensible. En aquel entonces trabajaba en un pequeño estudio que compartía como oficina con Cynthia, una psiquiatra que había ido a vivir con su novio, el compositor y pensador digital John Perry Barlow. Una tarde mi esposa me llamó con la noticia de que Cynthia, a punto de cumplir treinta años, había muerto durante un vuelo; un mal similar a la gripe de la semana anterior había afectado silenciosamente su corazón, un ataque vírico silencioso que nadie anticipó.
Al enterarme, fui directo al apartamento de Barlow, y lo que siguió fueron horas de llanto, whisky y asombro compartido junto a otro amigo muy conocido.
Ese tercer amigo era John F. Kennedy Jr.. La imagen de los tres juntos, sosteniéndose frente a lo inexplicable, quedó grabada en mí. Barlow, que murió en 2018 a los 70 años, era figura pública por muchas razones: letrista asociado a una famosa banda, impulsor de la cultura digital y cofundador de la Electronic Frontier Foundation.
También fue una especie de puente entre mundos distintos: el de la contracultura y el de una familia americana en el ojo público. Su relación con Kennedy no era un secreto, pero sí algo fascinante por lo que decía de ambos.
Cómo comenzó la amistad
El lazo entre Barlow y Kennedy se remonta al verano de 1977. Jackie Kennedy, por sugerencia de un conocido, llamó para que su hijo adolescente conociera la vida en un rancho en Pinedale, Wyoming; Barlow aceptó la invitación.
En sus memorias describe cómo combinó las tareas del rancho con experiencias que hoy calificaríamos como experimentos contraculturales, incluyendo el uso de LSD como parte de aquel aprendizaje no convencional. Fue una mezcla de trabajo físico y exploración personal que, según su relato, unió a ambos hasta transformar a Barlow de figura ambigua en un amigo cercano y confidente.
Tiempos compartidos y viajes
Con los años, las vivencias conjuntas continuaron: 1993 aparece en las crónicas como la noche en que ambos asistieron a un concierto de Prince mientras estaban bajo la influencia de sustancias; una experiencia de comunión en público que terminó convirtiéndose en una anécdota colorida de su relación.
También hubo citas dobles con celebridades como Daryl Hannah y, más tarde, con la pareja formada por Kennedy y Carolyn Bessette. Estos episodios muestran una intimidad extraña: no solo la cercanía entre amigos, sino también cómo la fama y la vida privada se entrelazaban en acontecimientos cotidianos.
Duelo, humor y límites
La noche en que perdimos a Cynthia entregó una escena casi teatral. Después del anuncio cayeron varias horas de luto improvisado: un tipo de shiva improvisada, donde el consuelo se mezclaba con la incredulidad. En un momento mi esposa llamó al apartamento de Barlow y contestó Kennedy, quien dijo «soy John Kennedy» antes de pasar el teléfono. Cuando mi mujer le preguntó a Barlow cómo estaba, éste lanzó una broma referida a Dallas y a un chiste histórico sobre la primera dama que nadie esperaba en ese contexto. La reacción de Kennedy fue de estupefacción: una mirada que dijo más que cualquier palabra.
La broma y la tensión
El remate de Barlow —una ironía ácida en medio del duelo— produjo un silencio incómodo. Lo que siguió fue una rápida reparación física: Barlow abrazó las piernas de Kennedy, y la tensión se disipó en una mezcla de perdón tácito y comprensión humana. Poco después, figuras como Daryl Hannah se trasladaron para ayudar con los preparativos del memorial, demostrando cómo el luto convoca una red de apoyo formada por amigos y parejas de distintas esferas.
El final, la teoría y el legado
La relación continuó en los años siguientes: 1996 fue el año en que Kennedy y Carolyn Bessette celebraron una boda íntima en la que Barlow tuvo un papel cercano, incluso en las palabras que acompañaron la ceremonia. Tras la tragedia aérea que terminó con la vida de Kennedy, su esposa y la hermana de ella, Barlow ofreció una lectura alternativa sobre la secuencia de hechos: dijo que él había enviado a 2.500 amigos la noticia de la muerte de su madre y que Kennedy llegó tarde al aeropuerto porque estaba escribiendo un correo de condolencia; además contó que había dado antes una advertencia, resumida así: cuando pierdes de vista el horizonte, no lo busques; fija la vista en el instrumento y confía en él. Esta metáfora, traducida en palabras más suaves, se convirtió en parte del legado oral que rodea la tragedia.
Hoy, al ver la reinterpretación televisiva de esa historia en Love Story, me queda la sensación de que faltó algo del carácter de Barlow: su irreverencia, su mezcla de ternura y provocación. No pido una reelaboración histórica, sino que extraño la voz única que aportaba en vida. Del mismo modo, la pérdida de Kennedy y de Carolyn Bessette sigue siendo una cicatriz en la memoria pública. En el balance, la historia habla de amistad, fama y cómo, en los momentos más frágiles, el humor y el consuelo pueden cruzar límites inesperados y revelar la condición humana.

