En 2010 dos figuras prominentes, Warren Buffett y Bill Gates, pusieron en marcha lo que se conoce como el Giving Pledge, un compromiso no vinculante para que las personas más ricas del planeta donaran más de la mitad de su patrimonio en vida o al morir. La iniciativa nació en un momento en el que la tecnología estaba creando riqueza a un ritmo histórico, y prometía transformar la relación entre fortuna privada y bien público.
Sin embargo, la trayectoria de ese pacto ha mostrado tensiones crecientes a medida que la desigualdad y la política tributaria han cambiado el contexto en el que opera la filantropía.
Al mismo tiempo que la idea de dar parecía socialmente ejemplar, las cifras globales revelan otra realidad: la concentración de riqueza no ha cedido. El 1% más rico de EE. UU. ahora posee aproximadamente el mismo patrimonio que el 90% inferior, la mayor brecha registrada por la Reserva Federal desde que comenzó a medir la distribución en 1989; y la riqueza de los billonarios subió un 81% desde 2026 hasta alcanzar 18,3 billones de dólares, mientras que una de cada cuatro personas en el mundo no tiene acceso regular a suficiente comida.
Ese contraste explica por qué el destino del Giving Pledge resulta tan sensible políticamente.
El desgaste del compromiso público
Las adhesiones al Giving Pledge se enfriaron con los años: en los primeros cinco años firmaron 113 familias, luego 72 en el siguiente lustro, 43 en el siguiente y apenas cuatro en todo 2026. Entre los nombres vinculados al movimiento figuran líderes recientes del sector tecnológico, como Sam Altman, Mark Zuckerberg y Priscilla Chan, y también personas polémicas como Elon Musk.
Algunos críticos dentro del mismo ecosistema, entre ellos Peter Thiel, han aconsejado en privado a firmantes que se desvinculen, argumentando que el asunto perdió impulso y que la presión pública termina siendo un factor incómodo para quienes aparecen en la lista.
Números, críticas y narrativa pública
Parte del rechazo proviene de la naturaleza moral y no vinculante del pacto: sin sanciones, cumplir depende de la voluntad individual y de las prioridades cambiantes de cada fortuna.
Informes como los del Institute for Policy Studies señalan que muchos firmantes se han hecho mucho más ricos desde que prometieron donar; en promedio los vivos del grupo original aumentaron su patrimonio un 283% (166% ajustado por inflación), y de los 22 signatarios originales que ya murieron, solo 8 cumplieron plenamente con la promesa. Ese desfase entre crecimiento del patrimonio y donaciones efectivas alimenta la percepción de que la filantropía voluntaria no basta frente a niveles extremos de desigualdad.
Redefiniciones: de fundaciones grandes a donaciones directas
No toda la filantropía privada se desploma; lo que cambia es el formato y la estrategia. Figuras como MacKenzie Scott han optado por donar rápidamente y sin mucha burocracia, entregando más de 19.250 millones de dólares a organizaciones de base a través de modelos ágiles que evitan grandes estructuras intermedias. Paralelamente, instituciones tradicionales ajustan su rumbo: al inicio de 2026 la Chan Zuckerberg Initiative (CZI) despidió cerca de 70 empleados (aproximadamente el 8% de su plantilla) para concentrarse en su red de investigación Biohub, mientras que los Zuckerberg mantienen su compromiso público de donar el 99% de su patrimonio.
Política, impuestos y destino de las fundaciones
La presión fiscal y la aritmética política también influyen. Algunos donantes prefieren estructuras como LLC filantrópicas o fideicomisos que dan mayor control y menos exposición pública que una fundación tradicional. Por su parte, Bill Gates anunció que canalizará casi todo su restante patrimonio a través de la Gates Foundation en las próximas décadas, con el compromiso de cerrar la fundación el 31 de diciembre de 2045 y distribuir más de 200.000 millones de dólares. Esos movimientos recuerdan que la filantropía de alto nivel combina decisiones personales, optimización fiscal y cálculos de impacto.
Implicaciones para empresas y sociedad
El debate sobre el Giving Pledge no es solo de millonarios; afecta a emprendedores, inversores y al diseño de políticas públicas. La historia muestra que, cuando la concentración de riqueza alcanza niveles extremos, las correcciones han llegado por caminos regulatorios: impuestos, reformas y presión política. Hoy, mientras nacen nuevos modelos de filantropía y otros se repliegan, queda la pregunta de si la confianza en la generosidad voluntaria será suficiente o si la sociedad exigirá mecanismos más vinculantes para redistribuir riqueza. Según Oxfam, la ganancia de los billonarios en 2026 habría bastado para dar 250 dólares a cada persona en la Tierra y aun así dejar a los billonarios 500.000 millones de dólares más ricos, una estadística difícil de ignorar cuando se discute el futuro del compromiso público y privado.

